miércoles 9 de diciembre de 2009

Haciendo tiempo, te conocí

¿Me puedo sentar a tu lado?

Bueno.

Es que me han dejado plantada. ¿Tienes un cigarrillo?

No.

Mejor, así no fumo. Me han dejado plantada y eso que llevo una falda preciosa, ¿no crees?

Sí (sin mirarme)

Pero me he encontrado contigo, ¿no es increíble?

Bueno.

A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. Los aviones se estrellan porque no iban a ninguna parte.

Puede ser.

Pero no puedes hacer nada por evitarlo. Si te pilla un coche es porque te tocaba. Pero nunca lo puedes saber.

No… supongo.

Yo creo que tengo los labios bonitos, ¿no?

Sí (sin mirarme)

Los tengo grandes y carnosos. Así es como os gustan a los chicos, ¿no?

Puede ser.

Eso me dicen todos. El de hoy no porque no ha venido, pero mejor porque así te he conocido a ti.

En ese instante llega una chica muy mona, con todo grande menos los labios. Se lo lleva, lo arranca de mí, se lo lleva lejos. Las cosas pasan porque tienen que pasar. Voy a pedir un cigarrillo.





lunes 7 de diciembre de 2009

Sí... (Por decir algo)

Wim Wenders, 2005. Sarah Polley, color, 19 x 58 cm

No te saltes más semáforos
Calla
Es la tercera vez que llego tarde esta semana
Tú no necesitas llegar pronto
Sí, me ponen falta
Joder, los maderos... ponte el cinturón
Ya lo llevo
Vas a tener un buen día hoy
Sí... (por decir algo)
Y luego vendré a recogerte y te compraré un helado
Dame un beso


Cuando llegué a clase, la calefacción estaba estropeada y la profesora explicaba el aparato digestivo.

martes 1 de diciembre de 2009

IV

Probablemente era cierto lo que vio en la segunda con la tercera de High Street, pero no se atrevió a creérselo. Quizá era mejor olvidarlo para siempre, pensar que no había sucedido. Ya había inventado otras historias en otras muchas ocasiones, y ya se habían reído de él otras tantas veces. ¿Qué iba a cambiar ahora las cosas? No valía nada. Él lo sabía y sabía también que no podía engañarles. Un señor con una gabardina gris acababa de acuchillar a una mujer que agonizaba en sus últimos momentos de vida. Él se acercó y trató de ayudarla, pero ¿cómo iba a hacerlo? ni siquiera entendía bien su idioma, y veía mucha sangre por todas partes y no sabía por dónde afloraba, no sabía por dónde empezar a cortar la hemorragia. Y entonces la golpeó muy fuerte, como nunca antes había hecho, porque lo había visto cientos de veces en documentales, y en 'Urgencias' y en películas de sobremesa los domingos. Y volvió a golpear y así una y otra vez hasta que dejó de salir sangre, y dejó de respirar y dejó de sentir. Y lo único que pudo hacer fue seguir caminando, sin saber muy bien hacia donde, mientras limpiaba sus manos, aunque había también restos en su camisa.

viernes 27 de noviembre de 2009

Su camisa

Quizá sí, quizá cortó los extremos de su camisa y le dejó hecho un guiñapo. Quizá sí, quizá se lo merecía, porque nunca había hecho la cena en los últimos diez años y siempre había confundido los días impares con los pares y le había llevado a la ópera, cuando sabía que a ella lo que realmente le gustaban eran los shows transgresores y políticamente incorrectos. Comenzó por las mangas, pero no le dejó cuello. Era su camisa favorita, se la había regalado su madre las navidades pasadas. Pero ella la odiaba y creyó que así le daría un aire nuevo, francamente más moderno, más adecuado para él. Quizá en el fondo sea una forma de acercarse a él, de formar parte de él, de crecer a su lado. Quizá sepa lo que está haciendo y no lo deteste tanto como su manera de callar cuando ya está todo dicho, cuando la llave ya está echada. Quizá no sea tarde para comulgar los domingos, para montar en carroza por Versalles, para limpiar los zapatos de los sábados. Ha arrancado los botones y se los está cosiendo a un osito al que le faltaban los ojos. Quizá no haya terminado aún la partida.



Nota. Esto es sólo ficción, no guardes tus camisas en el cajón.

jueves 26 de noviembre de 2009

III

Hoy podía haber parecido que caía nieve sobre nosotros, pero lo cierto es que llovía. Ya no existe un FUCK entre nosotros aunque a veces nos empeñemos a creer que sí. Quizá un día vayamos a las Cataratas del Niágara o imaginemos que todo lo que vemos nos pertenece, o quizá vayamos tan deprisa que nadie pueda encontrarnos nunca ni en un millón de años.
-¿Qué te trae por aquí? Estás pisando donde otros lo hicieron antes.
- Sí, lo estoy sintiendo y quiero hacerme con ello.
-Tienes una mancha justo ahí.
-Sí... he estado limpiándolo todo, echándolo lejos, muy lejos de aquí.



Andy Summers. De la exposición 'Inside The Police, 1980-1983'.

martes 24 de noviembre de 2009

Sshh!

Había comprado un cepillo de dientes nuevo de los que él usaba, porque le conocía muy bien, aunque lo cierto es que no le conocía personalmente, pero le quería más que a nadie había querido en su vida. Una vez le vio, desde su puesto de camarera en el ‘Raimond’ de Old Street ya no le perdió la pista. Iba a los mismos restaurantes que él frecuentaba, fumaba los mismos cigarros que él fumaba y hasta había aprendido a conducir para seguir sus pasos. Por las noches, cuando él dormía, ella cambiaba las flores mustias de su jarrón por un ramo de violetas recién compradas. Trataba de no hacer ruido porque él trabajaba duro y sabía lo mucho que necesitaba un buen descanso. Era piloto de vuelo y un mal sueño pondría en riesgo a muchísimas personas, y lo que más le preocupaba a ella, pondría en peligro su vida. El solo hecho de imaginarlo le estremecía. Por eso necesitaba alguien que pusiera orden sus horas. Su ex mujer le había abandonado y le había dejado una nota en la puerta que nunca llegó a leer porque ella se adelantó a borrar las huellas antes de la catástrofe. Cambió un “no voy a volver” por un “necesito tiempo”. Lo único que deseaba era esa sonrisa de niño pequeño en sus labios y ese descanso tranquilo e inquebrantable y si para ello necesitaba inventar una vida inexistente, haría lo posible por conseguirlo. Y una vez que dejaba todo en orden y le daba un beso de buenas noches desde el marco de la puerta, la cerraba muy despacio sin hacer ruido para que nada pudiera enturbiar sus sueños.



martes 17 de noviembre de 2009

3 minutos



-Vámonos, sube a la moto, no mires atrás.

Le cogió de la mano y ella notó esa tranquilidad que aportan las cosas buenas de verdad, las que te hacen quedarte quieto durante un rato para agarrarlas fuerte y que no se escapen.

Lo primero que recordó fue la cara de su madre, enganchada a los programas de sobremesa y a los cafés con ginebra y a las revistas de vidas pactadas. No le habría gustado ver a la niña de sus ojos, la que le sacaría de pobre, la que le pagaría un chalet en Peñíscola cuando se hiciera famosa, convertida en un vestido gris de segunda mano sobre una vespa con un macarra de tres al cuarto.

-¿Dónde vamos?

Demasiados silencios entre ellos, y demasiado ruido allí fuera.

-Ya estamos. Baja. Desabróchate la blusa.

Sintió el mismo nudo en la garganta que cuando robaba las obleas a hurtadillas para que el padre Hermesio no se diera cuenta.

-Vamos, no tenemos todo el día.

Volvió a tocar su mano, y no sintió nada, así que la apretó con todas sus fuerzas, pero esta vez sólo sintió el frío de las cosas malas de verdad.



Imagen: Alberto García Alix

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